




Hay una parte de nosotros que no ha sido domesticada.
No entiende de normas, ni de formas correctas.
No pide permiso.
Este proyecto, desarrollado junto a Beatriz Rico, nace en ese territorio: donde el arte y lo comestible dejan de ser categorías separadas y se convierten en materia viva.
Aquí, los elementos no están para ser contemplados… ni únicamente para ser consumidos.
Están para ser sentidos.
Texturas, cuerpos, alimentos.
Todo se mezcla en una misma lógica: la de lo orgánico, lo inmediato, lo instintivo.
Lo comestible deja de ser objeto y se convierte en lenguaje.
Un lenguaje que habla de lo primario, de lo que ocurre antes de ser filtrado, antes de ser corregido.
Porque en lo más profundo no hay orden.
Hay impulso.
Este proyecto se adentra en ese espacio donde lo bello y lo incómodo conviven,
donde lo íntimo se vuelve visible,
y donde lo salvaje no es una ruptura…
sino un regreso.
Un regreso a lo que somos cuando dejamos de contenernos.
Cuando el cuerpo y la materia hablan el mismo idioma.
Y entonces, todo deja de ser representación
para convertirse en experiencia.