Hay algo que no se puede fingir.
La mirada es uno de esos lugares.
Más de doscientas personas pasaron por el estudio. Diferentes edades, historias, tiempos. Rostros únicos que, sin embargo, dejaron de importar en el momento en que todo se redujo a lo esencial: los ojos.
Al aislar la mirada, desaparece el contexto.
No hay gesto completo, no hay identidad reconocible, no hay narrativa evidente.
Solo queda ese instante suspendido en el que alguien, sin saberlo del todo, se revela.
La mirada no se construye, ocurre.
Es un lenguaje previo a la palabra, anterior incluso a la intención.
Cada una de estas imágenes contiene una presencia distinta:
- Algunas sostienen
- Otras esquivan
- Algunas interpelan
- Otras parecen perderse hacia dentro
Y en esa diversidad aparece algo común:
la imposibilidad de repetirse.
No hay dos miradas iguales, porque no hay dos formas idénticas de habitar el mundo.
Este proyecto no trata sobre quiénes son las personas retratadas,
sino sobre lo que sucede cuando dejamos de mirar rostros…
y empezamos a ser mirados.
Porque en el fondo, toda mirada es un encuentro.
Y también una pregunta.
Una pregunta que no siempre tiene respuesta,
pero que, inevitablemente, nos incluye.
























