Hubo un tiempo en el que sabíamos quién vivía al otro lado de la pared. No por curiosidad, sino por cercanía.
El meu barri nace desde esa grieta: la distancia creciente entre quienes comparten espacio… pero ya no se encuentran.
Las calles siguen ahí. Los edificios también. Pero algo se ha desplazado.
Hoy habitamos más la individualidad que el colectivo. Vivimos puerta con puerta, pero cada vez más lejos.
Sabemos más de lo que ocurre a miles de kilómetros que de quien cruza nuestro rellano cada día.
Este proyecto pone el foco en las personas, no como masa, sino como identidades únicas.
Cada rostro contiene un mundo propio, una historia irrepetible, una forma distinta de estar en el barrio.
Pero al reunirlas, aparece la pregunta: ¿En qué momento dejamos de ser vecinos para convertirnos en desconocidos cercanos?
Durante la rehabilitación del estudio, el proyecto salió del interior y ocupó la fachada, transformándose en una instalación abierta al barrio. Durante cuatro meses, las imágenes convivieron con la calle, expuestas al ritmo real de quienes pasaban, miraban —o no—, reconociéndose a veces sin buscarlo.
La obra dejó de ser contemplada para ser habitada. Se integró en el mismo tejido que cuestiona.
Porque el barrio no desaparece cuando se derriban edificios, sino cuando se rompe el vínculo invisible que lo sostiene.
El meu barri es un intento de volver a mirar.
De detenerse.
De reconocer.
De recordar que, a escasos metros, hay vidas sucediendo en paralelo a la nuestra.
Y que quizá, volver a vernos, sea el primer paso para volver a ser vecinos.


















